viernes, 20 de noviembre de 2009

Dueños de su destino

Por: JC Machorro
Chihuahua, Chih. En la Sierra Tarahumara de Chihuahua, aun en nuestros días, es posible contemplar la belleza y el expresionismo que reina en el México del pasado, donde se conserva una de las principales razas puras de indígenas,
los tarahumaras.
Por dicha situación no podía quedarse sin describir la belleza que representan estos mexicanos y en Creel, Chihuahua, se caracteriza por ser uno de los poblados con mayor número de comunidades tarahumaras -alrededor de 400 familias sólo en el ejido de San Ignacio y alrededor de 70 mil dispersos en toda la Sierra-, su forma de vida permanece hermética a la curiosidad del turismo.
Donde el intercambio de conversación es casi inexistente y sólo se puede saber de ellos por medio de libros y fotografías de la región o gracias a los comentarios de los pobladores de Creel, quienes intercambian conocimientos sobre esta cultura por algunos de los servicios turísticos que ofrecen.
Sin embargo, al observarlos detenidamente podemos saber mucho de ellos. Por ejemplo, su vestimenta que es manifiesto de su alegría; donde las mujeres usan colores brillantes que resaltan entre los bosques; fundadas en hermosos faldones amarillos, rojos, azules, morados, y verdes que alcanzan entre cinco y ocho metros de tela.

Las pañoletas multicolores que detienen sus cabellos ponen el toque final al vistoso atuendo. Y estas mujeres dicen que ellas si cuidan su atuendo, admirándose que los hombres siempre se ponen lo primero que esta a su alcance, que suelen ser más conservadores al limitarse con un paliacate anudado a la cabeza y un traje de manta blanca.
Mientras los hombres trabajan en la siembra del maíz, fríjol y papa, o en los aserraderos, las mujeres se dedican a la producción de artesanía: bordado de textiles, tejido de palma, principalmente. Los niños asisten a escuelas bilingües de sus comunidades y por las tardes cooperan en las actividades de la casa.
La organización entre los tarahumaras es sencilla y efectiva; el siríame o gobernador, es el encargado de mantener la paz entre la comunidad, y velar por el bienestar de todos; está función la coordina con el resto de la comunidad cada domingo en las nawesaris, especie de consejo consultivo en el que participan todos. Donde por lo regular tratan aspectos que afectan a la comunidad y se encargan del reparto de las ganancias de los ejidos donde se pasea el turismo.
El fomento al deporte es toda una tradición entre ellos, ya que además de ser un deporte es un rito y fomenta una de las mayores diversiones que tienen en sus comunidades. Así, la pelota rarajípame, es una carrera donde recorren distancias de 7 a 20 km., durante lapsos de hasta 40 horas.

Las mujeres practican a su vez, el romaya o el ariweta, que es parecido al de los hombres, salvo que aquí la bola se cambia por un aro con ramas de encino que es lanzada con una vara. Si anochece, el camino se ilumina con antorchas hasta que llegan a la meta. Por tradición el premio es la falda de las mujeres.
Generalmente poseen dos casas, una en lo alto de la montaña y otra en la parte baja con la finalidad de soportar los extremos fríos del invierno y el calor del verano. Actualmente un 5 por ciento de los tarahumaras viven dentro de cuevas en la Sierra.
Alguna vez, escribieron que: "los tarahumaras viven en un mundo anacrónico, exquisito; ellos se dicen, se sienten y se creen una raza-principio", y así es, pues a pesar del paso del tiempo el mundo construido por ellos mismos parece intacto, guiados únicamente por su particular cosmogonía.

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