Un día de mayo la noticia que nadie desea escuchar llega: ha muerto la madre. Sí, la persona más importante, quien engendró, crio y educó. Ella no está más. Ahora ¿qué pasará? ¿qué se hará? ¿cómo será la vida después de su ausencia? Los pensamientos abruman, el pasado aparece, las emociones se dan de un modo distinto al imaginado, porque ella se ha ido y no regresará. Sólo queda el recuerdo, su voz que poco a poco se desvanece en la memoria, las historias compartidas.
En
el libro “Vendrá el olvido” de Sergio Faz, publicado por Editorial Gafas
Moradas, el autor presenta una novela cruda, familiar, de cambios y
transformaciones, de tomar el control y ser libre, sin prejuicios, sin
ataduras, sin dar cuenta de nada, de elecciones y vivir como la naturaleza dicte.
La
madre del personaje principal muere, lo sabremos en la primera línea, los
recuerdos de una infancia entre diez hermanos, en una ranchería con pocos
recursos, deja poco margen para hacerlo en las mejores condiciones. Más, si
enfrentas discriminación tanto en la familia como en la región. El miedo estará
presente: desde morir a manos de homofóbicos, pasar días sin ver ninguna opción
para vivir mejor, aprender o saber más allá de lo que ocultan esas tierras, así
como enfrentar una vida donde el peligro será inminente, las enfermedades que
la rondan y el desenfreno por vivir aprisa y conocer cada detalle del placer
carnal sin involucrarse, habitará en el cuerpo y alma de Eleuterio, el
personaje principal de esta primera novela de Sergio Faz.
«Durante
mucho tiempo sentí vergüenza de haber crecido con el racismo en casa, me costó
reconocerlo y aceptarlo. Tuve que nombrarlo una y otra vez.»
El
teatro, el cine, la danza y la lectura salvan, dan una esperanza, transforman y
dan pauta para emprender una vida en pareja, entre intelectuales y,
principalmente, comenzar a conocerse y reconocerse. Además de enfrentar la gran
enfermedad, esa de la que todos hablan, que se teme pero que también
inconscientemente busca y encuentra: VIH.
Los
sentimientos no estarán a flor de piel, pero sí lo carcomen, cansan hasta convertirse
en un factor de introversión, de desinterés y la causa de la ruptura amorosa
del personaje central. Eleuterio, nuevamente transmuta. Sus pérdidas se
acumulan, dañan y separan; sin embargo, crece y se fortalece sin quererlo.
Ahora su visión será otra.
«Tal
vez en esta luz en la que floto sólo haya dolor. O tal vez la muerte es un
dolor del que sé no podré huir jamás, y capa tras capa me cubre, crece hacia
adentro de la piel. Este es un dolor parasitario que irá arraigándose y echará
raíces hasta la hipodermis, me hará cambiar de piel para arrancarlos y mutar
algún día como las serpientes. El dolor ha de darme otro cuerpo para que deje
de ser este sollozo, este llanto que cubre hasta hacer llover los ojos. Y yo
dejo salir el llanto, dejo que escape y llene la casa de una vez.»
Vendrá
el olvido es una novela sobre la pérdida que abrasa, que duele, que no suelta.
Ese sentimiento que hace reflexionar, da pauta a recorrer los pasos hechos, a echar
un vistazo certero de qué fue y cómo ocurrió, dónde te encuentras, pero jamás
indica el rumbo al que te llevará.
El
autor detalla que «La escritura es un oficio por el que siempre tengo la
sensación de ir a ciegas, con una falta de certezas y quizás con una falsa
inconciencia. Al final, lo que quiero contar surge como un texto que pareciera
yacer en alguna dimensión y la novela que imagino o planeo de manera consciente
suele ser muy distinta a la que escribo.
Al
comenzar a escribir Vendrá el olvido sólo tenía dos imágenes claras: el
principio y el final. Comencé en 2016, dos años después de la muerte de mi
madre, a modo de terapia y con la honda necesidad de entender la relación que
tenía con ella, de conocerla y preguntarle algunas cosas que me habría gustado
saber. Y también con el deseo de sincerarme y contarle cosas que por la barrera
del pudor nunca le dije. Y sólo por poner un ejemplo, mientras que ella
aceptaba o rechazaba las parejas de sus hijos heterosexuales, las relaciones de
pareja que yo tenía con hombres ni siquiera se mencionaban.
En
la escritura me di cuenta de que esta es como la arqueología: vamos
desenterrando fragmentos de memoria, imágenes ajadas, frases incompletas que
nunca lograran darnos la imagen completa de lo que fue. Descubrí que no estaba
hablando sólo del duelo por la muerte de mi madre, sino también una serie de
duelos encadenados: la perdida de la salud al contraer el VIH, la ruptura de la
relación con la pareja, la pérdida de los recuerdos y la visión del deterioro
físico como un anuncio de lo venidero; y que cada una de esas pérdidas había
que reconocerla y sacar un aprendizaje antes de dejarla ir.
Al
volver la vista atrás me di cuenta de lo importantes que fueron para mi
formación ciertas figuras femeninas: madre, abuelas, hermanas, tías, primas,
amigas y desconocidas que alguna vez vieron en mí el hambre de saber y me
invitaron al teatro o a bailar sin yo tener una pisca de entrenamiento como
bailarín. Descubrí el conflicto que, dada mi condición de homosexual tenía con
ciertas formas de la masculinidad: hermanos, tíos, de los que huía como de la
peste para encontrarme con otros hombres que tenían las capacidad de enseñarme
que el mundo podía ser de otra manera. Pero sobre todo, descubrí que mi madre
siempre será una desconocida: porque el tiempo que pasamos juntos fue breve,
porque lo que sabemos de las personas es –así sean nuestras madres– apenas lo
que ellas nos dejan ver.
Con
esta novela aprendí que las palabras tienen la capacidad de volvernos, aunque
sólo sea unos instantes a esos paraísos que alguna vez habitamos. Aprendí que
las palabras también pueden ser el mejor bálsamo en las noches oscuras del
duelo: territorio que cuando lo transitamos parece no tener límites. Y un día,
sin que sepamos de qué manera traspasamos las fronteras del duelo y la vida
vuelve a latir en nosotros con toda su fuerza. »

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